tácita en una tacita

Quién querrá saber qué coluro de los equinoccios o solsticios estará cortando la Eclíptica, si podría adivinar en qué panadería estás pasando a un lado tu cabello buscando el monedero. Ahora no me importa que el cielo o los cristales con patas digan que estamos en invierno, si veo que hojas de otoño caen frente a tus labios cada que leo un libro viejo con las páginas sepia y te pienso; pero no leo, te construyo con las hormigas negras del libro sepia y te tejo con mis dedos cuando pasan encima de cada espacio entre letra y letra. Tampoco es invierno porque mariposas perfectamente bífidas como tu boca no aguantarían el frío y la tuya entre tanto se abre a medias como pronunciando ‘miel’ a voz callada y calada por los besos invisibles del aire cuando esas carnes mórbidas bañadas de humo carmesí caminan incendiándome con la mordida de sus propios dientes, como diciendo que están hechas del icor homérico. No me importa que me digas puta, cariño, porque esa palabra es bella y su fonética es droga. Ya moviéndose tu fruta fresca para hablar no son los huracanes indispensables, niña hermosa, y más si la callo fumándola con mi boca, en una panadería pasando a un lado tu cabello buscando el monedero cuando el coluro equinoccial no sabe cuándo corta la Eclíptica, o tu boca.

      

hace 1 año
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