Esa vez que nuestros tiempos coincidieron en la aurora boreal del ascensor y de mi cara, decidiste pulsar ‘Stop’ sin saber quién era yo, sin saber que dejé mis llaves en el horno microondas, y sin saber qué moneda de cincuenta me traía entre manos. Accedí a no esconder mi tialismo y me quitaba los cueritos de las uñas que todavía no existían para mirar de reojo el cierre adrede abierto de tu pantalón. Y aunque me escribas en papelitos de banco y con pésima caligrafía, aún resuelvo hacerte pasta en salsa Alfredo, porque recuerdo esa manía tuya de sacarte a medias el zapato y no puedo hacer más que hundir mi cabeza entre tu cuello hasta que tu pelo se la coma o hasta que susurres tos, o tosas un susurro. No sé si debas tocarme la cara, lindo, con esas manos naranjas por andarlas revolcando en la bolsa de Doritos. Ya veía yo cómo fruncías los labios, como queriendo decir cuál profesión antigua mi mamá tenía, y tal vez por eso te deseo, y más cuando llevas salsa colgando de tu mejilla mal afeitada pero conservando esa costumbre tan estúpida de lucir guapo. Guapo, me gusta esa palabra, sobre todo cuando orinas dentro del tiesto. Pasa entonces tu boca con no-sé-qué-cuerpo debajo y se pasea bien humeante, casi derramando ese almíbar incendiado que lleva por dentro, y desprende un soliloquio sobre la miel de los gofres. Yo no sé cómo lo hice, pero la manzana de Evita y tu boca flameante constituyen pleonasmo. Ahora están nuestras dos frutitas bifurcadas en su perfecta dicotomía, sabiéndose de la otra, superpuestas, conjugadas como la mezcla de hot cakes y leche. Luego miré hacia el mugrecito, llegué a mi piso despidiéndome de tu cierre abierto, y saqué las llaves de mi bolsillo que no estaban en el microondas porque tu boca no humeante.

-
A ashauri le gusta esto
-
unagotitadecafe ha publicado esto

