tácita en una tacita

E — Emigro.

En ese extraño encuentro entre espejos enteramente enfrentados, estoy endeble esperando, estática, enmudecida. Él está encerrado en el encéfalo; es extrañado, empero eterno en el escombro espeso. Existo entretanto escriba endecasílabos en esa espalda encorvada, encarnada en ella enamorada. Entonces estaciónese, estoy entregándole estadía en esta estancia, en esta estrofa. Eríceme, eclípseme en esta esquina.


Aquí.

Usted dice que todo es culpa de la paradoja de Zenón de Elea; dos ganas de verlo serán una si son correlativas, o 0.5, 0.25, 0.125 (0.0625 si las ganas mutuas se desbordan), sin embargo, no llegan a cero, donde sus pelitos erizados ya besen los míos. Pero es que el infinito no es aplicable para ese caso de distancias, no por lo que digan los cálculos infinitesimales que son pura pendejada, sino porque infinito sólo se entiende en cuanto a mis ganas; ya Gregory nos vio lindos después y decidió solucionar el problema a su manera. Aun así, yo propongo que el espacio no se mida en centímetros, mucho menos en kilómetros, porque no es un problema constante, sino que se mida en deseo de verlo. Le solicito amablemente que cumpla con mi teoría y que se acerque que el deseo no es mucho; es infinito.

También dicen por ahí los que no quieren que nos toquemos, que los átomos suyos y los míos nunca tendrían contacto, sino que los que lo hacen son nuestros campos magnéticos. Pero venga, que yo a usted nunca lo repelo, que esa sensación de sentirlo y de que nuestros poros se muerdan no es menos peligrosa que una reacción nuclear, así que descuide; tráigase en un movimiento parabólico perpendicular y acariciémonos los átomos caóticamente a menos de un nanometro, dejemos que los nervios nos susurren mentiras así los electrones de valencia nos estén viendo; yo le puedo determinar (sin irme por la tangente) el ángulo de su inclinación, siendo el seno de alfa (su grado, pero el de temperatura) igual a usted sobre mí. Ojalá los movimientos dejaran colores en su trayectoria para mostrarle qué lindos polígonos irregulares existen.

Si eso de acortar camino no nos funciona, por favor no me pida que le diga en qué parte de mi vida está usted incrustado para arrojarla al abismo del olvido. No es un par de semanas, ni un año, ni un día de marzo, porque mi vida es agua y usted es polvo que se disuelve cambiándole el olor, el color y el sabor a toda; sacarlo de la misma es tan difícil como decantarlo sin tener embudo.

A pesar de que esté lejos, tengo viajes con usted en tren; los tengo cuando escribo acerca de su boca en esos cuadernos ferrocarril para caligrafía.

       

(Fuente: danceabletragedy)

Lo que queda bajo la boca.

Despoja de mí los ojos y no te vean. Despoja las manos y las carnes que no me formen. Anula mis pensamientos y no sean ardid de vacío inexpreso, que no te estorben.

                       

(Fuente: s-t-a-r-l-e-s-s-n-i-g-h-t)

Amor Platónico.

Platón (2439 - 2360 antes de ti, Cariño).

“¿En tu caverna o en la mía?”

LOS DUALISMOS.

Dualismo Untológico: Porque detrás de mis pestañas te veo untándole queso a mis tostadas. El mundo sensible es la fuerza de fricción entre mi velo palatino y tu boca, teniendo en cuenta que ‘la resistencia al deslizamiento tangencial entre dos cuerpos es proporcional a la fuerza normal ejercida entre los mismos y es independiente de las dimensiones de contacto entre ambos’; ese mundo muy mutable y propenso a la muerte (es que muero por ti). Y el mundo ideal, en síntesis, tu boca.

Dualismo antropológico: Porque en algún momento desde que respirar en mi léxico fue suplido por suspirar, una de esas navecitas de aire tenía toda mi alma y decidió quedarse en tu cuerpo. Eres una mezcla parecida a café y tabaco, mi cuerpo podría crear contigo un demonio horizontal o básicamente volver al horizone algo vertical porque tú y yo sumados somos horizonte.

Ese perfecto dualismo tan tuyo de ser sed y agua, movimiento de boca lloviendo endecasílabos y ojos gritando silencios que provocan morder para que no se vayan, paradoja del café que se quiere tomar completo porque ganas pero que no se quiere terminar nunca.

EL MONÓLOGO INTERIOR

No frunzas el ceño como preguntando por qué tengo los ojos abiertos cuando te estoy dando un beso, cariño, es que quiero huir de esa estúpida costumbre de tenerte a milímetros sólo cuando te sueño. Por seguir el curso de la naturaleza olvido el lipstick rojo porque rojos sí me quedan los labios cuando me los muerdo, me los muerdo pensando que son mis ganas de tenerte a milímetros sólo cuando no te sueño.

La lógica decía que si un náufrago llegaba a la orilla dejaba de serlo y se ubicaba; señor, yo llego a la orilla de su boca y me pierdo. Y fíjese que cuando sonríe se le forman unas comillas en cada extremo de la boca; esa, su boca, es mi cita favorita. No requiero de otra letra si quiero inventar el sexo tanrico contigo, si mis ganas de verte también atraviesan mis labios en un acto de tenue mordedura.

LAS CONCLUSIONES.

Que no es un doxa cuando te digo que tengo pedacitos de tu labio inferior en mis dientes, sino episteme. Que si consientes podemos llegar a la verdad que quieras mediante la dialéctica de miradas de ojos irritados. Que los dientes se inventaron para que me quites el Areté. Que era realista, sí, pero cosita, déjame ver tu esencia, presiento que está detrás de tu camisa.

PD: Cher Platon, je veux savoir comment faire la distinction entre l’idéal et sensible quand ses mains et les miens, sa bouche et les miens, ils se croisent. Merci. 

                      

(Fuente: blackenedwhites)

La última carta.

Hola. Desde que te desenredaste de mis pestañas para salir por la puerta olvidando que el sol no debe irse de día, me di cuenta que cosas como respirar, parpadear, comer y pellizcarme al lado tuyo a ver si es verdad, no tienen ningún sentido si tengo que tomar todas las mañanas café con sal para seguirle el juego a mis noches amargas [amargo tiene origen etimológico en ‘amar’]. Te fuiste y no paro de llorar pedacitos de hielo porque adentro frío, y en cada cigarro que me fumo olvido expirar el humo. Ha pasado un Super Bowl y medio desde que estoy contigo y a partir de un tsunami en el que colisionan lágrimas y suspiros no dejo de estornudar dos veces consecutivas, porque el amor es sólo un tercer movimiento involuntario y porque ya nunca más podré tener un frasco abierto  de mermelada y se fundirán dieciocho bombillos sin que pueda hacer más que llorar en el plato de ensalada. No te quiero porque tú ni porque nadie sino por los poros, por el filo de tu sonrisa, porque llevabas el carrito de mercado y ahora voy al Súper sólo por café molido y tres cajas de cigarrillos; debiste enseñarme a hacer una lista y a decir adiós sin querer morirme. Quitarme la vida es reiterar un suceso que ya pasó cuando te fuiste, pero más vale estar seguros y que seas tú el que se ocupe de rascarte la espalda, tocarte los dedos mientras te cantas, escribirte en las últimas hojas de todos los cuadernos que te amas dentro de corazones deformes. Por favor, aprende a usar la lavadora, suele parar en cualquier momento y debes volverla a conectar, el queso está a punto de vencerse, al perro no le gusta el alimento más costoso, debes comprar el moradito de siempre, el piso queda mejor si lo trapeas con líquido limpiavidrios, no cortes el hilo con los dientes porque luego no cabrá en el ojillo de la aguja, los huevos quedan como te gustan luego de cuatro minutos desde que empieza a hervir el agua, tu camisa favorita debes plancharla con un pañuelo blanco encima, te dejé unos videos míos sobre cómo hacer nudos de corbata. No te preocupes por mí, pagué por fin el recibo de luz a tiempo como siempre quisiste, no comí nada que tuviera chocolate hoy, como siempre quisiste; en el momento en que me cuelgue del techo como llamada no contestada, estaré escuchando y tarareando esa canción que te encantaba, y tendré en la boca un trocito de cebolla y de champiñón que nunca probé aunque me rogaras. Te mando un beso en tu boquita ausente, ojalá me perdones algún día por haber dejado quemar los frijoles. Adiós.

(Fuente: from--her--to--eternity)

Mujer.

Enfoque pragmático. Una mujer es un noúmeno o un fenómeno –de vez en cuando y cuando quiere– que se queja porque le baja, no le baja o le dejó de bajar. Su arma de destrucción masiva depende del ejemplar, pudiendo ser un cruce de piernas no descubierto por Mendel o su sonrisa cuando es signo de puntuación. Es un ser que puede llorar por motivos que van desde el abandono de un hombre, hasta –peor aún– porque se le derramó el chocolate, quitaron las rebajas en el almacén de ropa o encontró huellas de zapatos masculinos en la baldosa que recién trapeó. Puede llegar a reír de dos formas; quedito: cuando a la amiga más linda se le dañaron las uñas recién pintadas, cuando olvida ponerse calzones, cuando se acabó el queso barato y tuvo que comprar el gourmet; expreso: cuando quiere enamorar a su víctima, cuando quiere que su víctima se enamore, cuando su propósito es ser victimaria de un enamoramiento. Aristóteles habría botado su Metafísica a la caneca de la basura del ágora si se hubiera molestado en ver cómo una mujer es excepción al principio de no contradicción; ella en definitiva es el bien y el mal, la vida y la muerte, una tragicomedia, su labio superior es el cielo y el inferior –el que generalmente se muerde– el infierno. Se dice que sus grandes decisiones de la vida están todas en un supermercado o en la repisa donde guarda sus zapatos. Los hombres homosexuales son una raza superior de seres inteligentes que han conocido la predicción científica de la mujer, y por eso han optado por aplicar a ella un tratamiento llamado ‘amiga’ –estado de la materia femenina–, en contraposición de las lesbianas, que son el demonio encarnado. Las putas son las mujeres más sinceras. Algunos expertos dicen que el infierno está hecho del incendio rojo de la boca de una mujer y que existe una relación causal entre el número de veces en que una mujer se cambia de ropa en la mañana y en que cambia de ánimo. El gran problema filosófico aún no resuelto y que precede el ‘quiénes somos y para dónde vamos’, es descifrar el significado de la respuesta femenina ‘nada’ ante la pregunta ‘qué te pasa’, se dice que Dios anda celoso porque los humanos se cuestionan más sobre ese tema que sobre Él; aún falta investigar por qué hay tan pocos ateos de las mujeres.

Enfoque epistémico. Explicación como argumento, basándose en Oppenheim: Yin y Yang. En el mundo hay claridad/mujer, sonido/mujer, frío/mujer, vida/mujer, peso/mujer, tranquilidad/mujer, osito-de-peluche/mujer, mujer/mujer.

Enfoque óntico. Explicación causal y teleológica:

- Causa material: Una mujer está compuesta por un baile delicioso de pestañitas en las que la noche se enredó, una fruta afrodisíaca bifurcada de pulpa roja, dos campanas de gauss –o como otros les llaman, las montañas que mueve la fe– , una misteriosa representación gráfica de curvas como pelo y cafeína, bastante cafeína.

- Causa formal: El demonio.

- Causa eficiente: “Y Dios vio que todo era bueno –y quiso que no fuera así y que su socio en el infierno participara un poco (texto suprimido)–, y tomó una costilla –si pueden, por fis, arrojen desde ya todas las costillas del mundo a la basura (texto suprimido)–, y creó lo que los exegetas cristianos llaman ‘puerta del demonio’”. Génesis, 1990.

- Causa final: No hay consenso entre los autores de talla internacional. Se rumora que es un capricho de las tostadas que no se quieren quemar. Ver: Explicación teleológica.

Explicación teleológica: “Y el demonio no pudiendo ser omnipresente, creó los captchas y una de sus armas para acabar con el mundo, en forma de una silueta que gana llorando, con pelo como extensión del viento y que no sabe parquear el carro”. Apocalipsis, 1990.     

Conclusión: Una mujer no es ser, es un suceso en constante y misterioso cambio, que más vale adorar por su sonrisa, porque el chocolate se derrama, por la vida de los que venden ropa y kleenex, y porque sí.

            

(Fuente: keyboard-milk)

El abismo: El pecado original.

Le digo, señor, no le faltan espuelas ni estepicursores para ser buscado, sea que me mire con su boca grandíflora, sea que el jipío se venda a la gravedad desde mis mejillas hasta la occisión de su ausencia; y es que la inducción de la manzana es una falacia, el abismo es lo que hay desde un poro suyo hasta mi tacto, por eso el constante punto por donde pasa la resultante de los pesos de las moléculas que me forman es un vector que nos une, dijo la paradoja. En lo que a la manzana respecta, la de Newton y la de Eva eran una sola, Mefisto hace bien su trabajo y más tratándose de gravedad, vértigo y tentaciones, que son la misma cosa; puedo aquí revelarle que la famosa frase concluyente “no me dejes caer en la tentación” fue la locución de la manzana hacia Newton cuando le veía las tetas a Eva. Ahora todo tiene sentido, la gente gorda es mala. Y con la ecumenidad de la ecúmene le suplico que me deje surcar su espalda, no le vendría mal un revolcón en la tierra, arado que llaman, y de pronto un besito en los esponsales si es que quiere tener una parejita de libros conmigo, o si gusta una muerte chiquita, orgasmo que llaman, como expiación por su pecado de atraerme, como la manzana. Bueno, señor cajero, no aguantando más el abismo de la caja que lo ausenta en la distancia, me voy a regalarle el jipío a la caída largándolo por la mejilla. Guarde el cambio.

                            

(Fuente: hi-mi-zu)

Stomac eic.

Te escribo porque hace un rato pasó el viento y todo se movió pero luego quedó igual, entonces vengo a reclamarte: Por qué siendo tú tan aire para mi nariz como un viento normal, tienes la estúpida costumbre de pasar y cambiarlo todo para siempre. Necesito que me aclares cómo es eso de que duelen más los escombros que el temblor, más la carencia de palabra que el hijo de puta ‘adiós’, y es que necesito que me aclares a ver si deja de correr por mi alfombra ese «–Vete con él. –Lo haré si me lo pides. Extrañarás las papitas fritas que te hacía en ese lapso entre pensarte y arrojarlas a la basura porque ya estaban frías». De una vez te advierto que me voy por mucho tiempo, pero sin soltar tu mano, así tenga que subirle el volumen a la radio cuando suenen baladas que no me importen, para que no me oigas llorar mientras plancho una camisa que no tiene arruga alguna porque no entiende de puntas de dedos envejecidas por impregnarse de lágrimas. Ahora que ya no dejarás que siga con mi corta rutina de sembrar diálogos entre las ansias de mis dedos, tal vez sea mejor que me quite estas manos que ya no sirven para nada y ponga en su lugar unas consonantes que no me delaten con huellas dactilares y que sí te puedan tocar las pestañas y te las quemen poquito. De haber sabido que llegabas para irte mermando cada gesto de mi cara, déjame decirte que, me mordería los labios y no habría cambiado nada. Ya no habrá emoción cuando parpadee y te vea al frente como holograma, ni porque el celular dé saltos pequeñitos porque la batería está bajita y no eres tú; todo eso, debido a que el adiós pasó como temblor y duelen los escombros. Los cristianos también deben aclararme por qué una elegía del ‘Adiós’ es un apócrifo y no el último libro de la Biblia, aun cuando sepamos con certeza que el candelabro y los jinetes serían olvidados. Te escribo porque hace un rato pasó el viento y no hice nada para detenerlo porque esperaba que me dijera que no se iba porque era cierto lo del estómago y lo de la estúpida costumbre de cambiarlo todo para siempre.

      

(Fuente: weheartit.com)

Monólogo del café o de la noche.

Con un cigarro en la mesa y en el sueño que pende de mis pestañas me tomo un café invisible si oscuro todo porque lo preparo como si pintara una noche con la punta de los dedos y mientras cada gota salta por mis papilas florece de mi boca el orgasmo y florece de mi boca el orgasmo mientras tus papilas pasan por mi cuerpo que sabe a la noche de tu habitación como si cortometraje a blanco y negro. La sábana calmaba las palabras hasta rasgar la garganta, jamás cantará, sabrá a trampa para calar la cama tras cada carcajada; tanta balada, tanta charla barata para abrazar a la dama callada; la gata pasaba, la manta traspasaba al alma, la dama saltaba ya cansada; ¡pasa la raya!: ya amaba. Así como debajo del café cierto rostro tambalea porque frío afuera y porque sí mientras tanto los rostros en el negro de tu atmósfera empiezan a temblar no porque frío afuera ni porque sí sino porque terremoto debajo de cada poro y del ventrículo izquierdo y de la aorta coronaria derecha y tanto nombre absurdo para resultar siempre en un grito debajo de la almohada.  En el habitáculo la hedentina da cabriolas cuando las complexiones están en ignición, aúpa la presión arterial sistólica y germina la feniletilamina; con la dicción pestífera resabias a que afluya eso que tiene fructosa y prostaglandinas en la porción marginal y labial de mi músculo orbicular, ínterin la somatología mía infiere sobre biometría, líquidos alcalinos y fosfatasas ácidas como pecio. El principio de un café es la caricia en la cara hecha por los bracitos interminables y oscilantes del humo, no obstante en la noche de tu cama esa caricia hecha por los bracitos que no terminan pero oscilan, fue el final –el final que demora en terminar si es que termina–. Era café mientras tomaba noche, era amor mientras hacíamos la tarde, era una realidad que se hacía sueño y se evaporaba como la negrura del café flameante, noche.  

(Fuente: evilskies)

El rostro del ángel duerme.

Está la expresión reposada — parece que no ha visto el horror de mi rostro ni las máscaras derretidas en el anaquel del olvido — soñando como si recordara un estanque calmo donde flotaban corpiños de pétalos y sangre. Sí, la palabra silencio rubricada en el vaho exhalado de la respiración de péndulo que su corazón agita, corazón que late frente al estanque y en la almohada, desnuda, o refugiada bajo las sábanas. ¿Y si del anaquel una máscara cayendo sacude el estanque y la despierta? Verá la mueca destemplada — detrás de su sonrisa aguarda la bestia asustada —, tras la bestia está mi voz musitando, pero muy despacio, pero muy apocado — para que no se despierte —, su nombre. El ángel duerme sobre sus alas recogidas, sus blancas sábanas de pliegues, retorcidas.