tácita en una tacita

Cómo decir adiós sin irse

Irse no siempre es un acto de cobardía; quizá no hay más soberbia que creer que los escasos milímetros del ojo humano puedan abarcar la inmensidad de lo hermoso estando tan cerca. ¿Por qué cuando un objeto se acerca al ojo, proporcionalmente el cristalino se hace más grueso? ¿De qué busca protegerse? Podría acercarme a una flor y ver hasta el estigma, pero también podría dar mil pasos hacia atrás y enterarme de todas las especies, del baño dorado que las cubre, de los colores con sus nombres extraños y llorar; llorar y sonreír.  

 

Querida mía:

De nuevo te escribo porque me encuentro solo y porque me apena siempre tener que charlar contigo sin que lo sepas ni me oigas, ni puedas contestarme. Por más malo que sea tu retrato, me sirve perfectamente, y, ahora, comprendo por qué perfectamente, y por qué hasta las “lóbregas madonnas”, las más imperfectas imágenes de la Madre de Dios, podían encontrar celosos y hasta más numerosos admiradores que las imágenes buenas. En todo caso, ninguna de esas oscuras imágenes de madonna ha sido tan besada, ninguna ha sido mirada con tanta veneración y enternecimiento, ni adorada tanto como esta foto tuya, que si bien no es lóbrega, sí es sombría, y en modo alguno representa tu hermoso, encantador y “dulce” rostro que parece haber sido creado para los besos. Yo perfecciono lo que estamparon mal los rayos del sol y llego a la conclusión de que mi vista, por muy descuidada que esté por la luz del quinqué y el humo del tabaco, es capaz de representar imágenes no sólo en sueños, sino también en la realidad.

Te veo, siento, toda delante de mí, como de carne y hueso… el falso y vacío mundo se forma una idea superficial y equivocada de las personas. ¿Quién entre mis numerosos calumniadores y maldicientes enemigos me ha reprochado alguna vez valer para el papel de primer galán en cualquier teatro de segunda categoría? Pero es que soy así. Si esos canallas tuvieron siquiera una gota de sentido del humor, habrían garrapateado en el anverso “relaciones de producción y cambio” y en el reverso me habrían dibujado postrado a tus pies, “mire este dibujo y el otro”, rezaría la inscripción. Pero los canallas son tontos y seguirán siendo necios in secula seculorum.

La separación temporal es útil ya que la comunicación constante origina la apariencia de monotonía que lima la diferencia entre las cosas. Hasta las torres de cerca no parecen tan altas, mientras que las minucias de la vida diaria, al tropezar con ellas, crecen desmesuradamente. Lo mismo sucede con las pasiones: los hábitos consuetudinarios que, como resultado de la proximidad se apoderan del hombre por entero y toman forma de pasión, dejan de existir tan pronto desaparece del campo visual su objeto directo. Las pasiones profundas, que como resultado de la cercanía de su objetivo se convierten en hábitos consuetudinarios, crecen y recuperan su vigor bajo el mágico influjo de la ausencia.

Así es mi amor. Al punto que nos separa el espacio, me convenzo de que el tiempo le sirve a mi amor tan solo para lo que el sol y la lluvia le sirven a la planta: para que crezca. Mi amor por ti, cuando te encuentras lejos de mí, se presenta tal y como es en realidad: como un gigante; en él se concentra toda mi energía espiritual y todo el vigor de mis sentimientos.

Adiós, querida mía, te mando a ti y a nuestras hijas miles y miles de besos.

Tu Carlos”.

                                                        Carta de Carlos Marx a Jenny von Westphalen, 1856.

 

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Anónimo preguntó: Hola, tengo una duda, es el texto Amor platónico tuyo? Es decir, creo que es muy bueno, además contiene unas líneas; " Y fíjese que cuando sonríe se le forman unas comillas...", Las cuales muchos han atribuido a varios autores, solo es esa mi duda. Que estés bien!

Hola. Sí, tanto el escrito como la línea que señalas son míos. Es una lástima que haya sido objeto de plagio, de hecho registré hace un buen tiempo el cuento a mi nombre para evitar comentarios impropios al respecto. ¡Un abrazo!

El eco de las 11:39 pm.

Cuando te vi fui lluvia horizontal cayendo entre tus dedos, esperé que hicieras de tus manos una tacita para no dejarme resbalar, y lo hiciste con tus brazos. Te dejé mi boca abierta para que saltaras dentro de ella y respiraras las mariposas que iba a decirte pero que el borde de mi lengua cortaba, justo ahí te hacías grande al caminar y yo afilé los extremos de mi boca queriéndolos juntar hasta la nuca; la gente, esa gente salía de la puerta y lo hacía como estalactita desintegrándose y aplastándome porque no eran tú.

Había un mar caudaloso corriendo entre mis manos y yo era mi reflejo sobre el agua, tan tremoso y vulnerable al tacto de tu dígito que solo podía intentar leer en los metros que faltaban el clima de tu cuello y lo que necesitaría para armar mi casita ahí con el afán de alguien que busca el interruptor de luz en un cuarto muy oscuro.

Después tu labio fue sol y mi boca flor que luego de un invierno largo se abría, me raptaste del abismo y me colgaste en las estrellas, las que penden del cielo detrás de tus pestañas. No hablo solo de ese momento en que el brillo primero de tus ojos fue puñal en mi garganta, hablo de cada vez que te veo y me calcino aún sin probar el incendio de tu boca roja.

 

 

Segundo 33, 12:26 am.

No somos dos vasos yuxtapuestos, somos dos fragmentos cuyo estado natural es la integridad. Nos encanta burlarnos de lo obvio y al arrojamos al suelo ser más unidad, porque la caída que me hace trocitos es horizontal y se hace cuando te alejas. Somos obra de Picasso, audífonos en el bolsillo, soluto y solvente, dedos y polvo de Doritos. ¿Ves que cuando pones tu cabeza en mi pecho se me hace la piel chinita? Ven y nos juntamos como velcro. ¿Ves que la mantequilla es inútil sola? Ven y sabemos rico, panecito. Otro segundo de estos y bajo las mismas circunstancias, recordé la dificultad de verte completo estando tan cerquita; la respuesta está en untar tu forma de mi tacto, las manos son los ojos de la cercanía, si bien nunca está de más que mi pupila se enrede en tus pestañas juntas mientras duermes. Inhalar lo que exhalas es saber de ti en una reciprocidad chiquita, es un baile y una canción mientras ensayo cómo decirte que si la comida se muerde se apropia, para que en cada beso ya dejes de devolverme mi boca. Me acerco a tu fruta roja incendiada para redibujarla con mi dígito, quedito, porque lo que menos quiero es interrumpir tu perfección quieta y que descubras cómo frunzo el ceño al no dejar de preocuparme por los pocos segundos que tiene una vida para tantos matices de tus ojos.

El crujido de mis párpados se riega por la habitación, voy a ahogarte entre mis ojos para cerrarlos y no dejarte ir, solo para que amanezcas.

Monólogo de la metáfora café.

Lo tomo de la oreja de porcelana y sonrío porque sentada parezco más grande pero estoy pendiendo y así soy pendiente de su oreja mientras en el encanto de su bilocación (porque está ahí y en mi cabeza) está esperando a que me vea reflejada si me acerco y es por eso que tiemblo no solo en el reflejo sino también en mis labios y nudillos en especial cuando mi índice pasa por su boquilla humeante besando mi mano y me provoca rodear su cuerpo con mis dedos arguyendo frío pero no sabe el verano en el que ando y lo mucho que deseo acercar mi boca a su boquilla y que no me deje dormir todas las noches y acabármelo a sorbos con apuro aunque me queme pero sin quererlo terminar aun cuando pare para sonreír sin despegar mi boca porque no lo suelto ni estando frío ni cuando sedienta me lo tomo ni cuando le hablo quedito ni cuando lo muerdo pedazo de icopor.

(Fuente: julianagaro)

Aguamarina

Él con boca de tarde 

y vino Roseé palpante qui va avec tout.

Él con tez de bruma, mancomunado entre mar salvaje

y cielo albino de temprana distancia que mi voz más fuerte no alcanza.

Él de manos que tejen terciopelo tibio sobre mi hombro 

y repelen el ropaje repentino como alud.

Él con boca que arde.

Y la ceniza en contraste que en incendio

él arroja sobre la nieve ciertamente templada de su cara.

Y sus pestañas, creación caligráfica que enmarcan un poema de alabanza;

él parpadea porque sabe que así renace mi palabra callada.

Y sus dientes hundiéndose en el carmesí.

Él tiene dos galaxias

y el cielo quieto las contempla y envidia.

Él me riega su húmeda mirada sembrando luz en cada poro

y recogiendo el fruto de una piel erizada.

Él. Ojos. Aguamarina.

                                                                                 (escritura automática)

Jaculatoria vertical.

Eran las cuatro de la tarde

Cuando un rayo de sol fusilaba la clorofila.

No es la hoja que al despojar la gota vacila;

No es el tremor del fruto aparte;

No es la geometría bailando sobre el agua fría.

.

Es el hilo reposante que pende desde la techumbre

Hasta el derrame que desnuda.

Es eso que emana de la luna de tu risa

Y que a lo circundante adula.

.

Seré la hoja débil y húmeda,

Serás el sol que toca y deja ardiendo

Lo que esté (mos) a sus pies.

Serán tus brazos, rayos, que me den vida.

Manual para ser víctima.


1. Haga cada cinco minutos una pregunta cuya respuesta usted ya conozca, verá cómo baila una fruta de pulpa exquisita bajo la nariz del victimario mientras riega un sonido que hipnotiza, v.gr. “—¿Y ese día lo tendrás libre? —Sí, ¿recuerdas que te dije que askdsd dfjh sdkjf sfdjf? Asksfg, sf lask dsdkj”. Es recomendable fruncir el ceño para despistar al sujeto, de lo contrario, puede notar que usted tiene la boca entreabierta y la mirada colgada en un punto intermedio entre la fruta en cuestión y un lugar inexistente. En lo posible, asienta con la cabeza para el anterior propósito; esto, además, le servirá para evitar la inclinación de la misma hacia un costado.


2. Compre una botella de cerveza o de jugo, preferiblemente de naranja. Mientras intenta abrirlo hacia la izquierda, haga el mismo gesto facial que hace cuando está directamente expuesto a fuertes rayos de sol. Pronuncie “ash” con ojos tristes apuntando la mirada al victimario; si él es idóneo para serlo, automáticamente tomará la botella. Fíjese en las manos del sujeto. Fíjese y dibuje las suyas entre ellas.


3. Abra google. Busque la película con más escenas oscuras de la historia. Notifíquele al victimario que es requerido para ver la misma desde un computador, de manera que no estén a más de 50 centímetros de distancia desde la pantalla. Permita que el sujeto vea la película mientras usted se fija en el rostro de él a través de la pantalla; note lo bien que se ve al lado del sujeto durante dos horas o más si es que tardan ajustando los subtítulos. Ría, sorpréndase y asústese cuando él lo haga. Recomendamos que usted haya visto antes la película, esto evitará que cambie de tema o responda con un “sí” cuando le pregunte por su parte favorita.


4. Transite junto al victimario por los lugares con más huecos en el piso. Incline hacia atrás su cabeza viendo un avión imaginario; la eventualidad ocurrirá de manera automática, usted será seducido por las maravillas de la gravedad siendo fascinantemente interrumpido por los brazos del sujeto en los suyos, o con suerte, en su cintura. Finalice con un “ay” y/o “jaja” para dar lugar a una eventual conversación y mermar la posible imagen de torpeza que tenga el victimario sobre usted.


5. Arroje sus abrigos, sacos, chaquetas y guantes al basurero más cercano. Practique cómo temblar y chasquear los dientes, y deslice sus manos de forma ascendente-descendiente por los brazos frente al victimario; probablemente se aproxime a usted unos centímetros. Conserve la calma.

 

6. Busque la manera de tener triunfo diario, o por lo menos procure experiencias inusuales. Lo anterior, hágalo con el único propósito de hacérselo saber al victimario, de tal forma que mientras usted habla con una sintaxis muy rara, pueda naufragar entre los ojos del sujeto. Probablemente se dé cuenta de cómo ellos pueden acariciar cada poro de su piel estando a metros de distancia. Nuevamente, conserve la calma, no es conveniente ninguna convulsión. 


7. Repita el proceso hasta sentir que los espacios entre sus propios dedos fueron hechos adrede para ser borrados por los dedos del sujeto; hasta sentir que el amanecer no se mide en salidas de soles, sino en la apertura de su fantástica sonrisa; hasta cruzar la calle de su mano sin mirar antes a los lados; hasta pagar veinte mil pesos por una carrera de taxi que cuesta ocho mil por andar todo el camino pendiendo de su boca. Repita hasta ahí; luego de eso, siga repitiendo.


Nota: No nos hacemos responsables si cae en un círculo vicioso. Usted querrá hacerlo reír para enamorarlo, pero se enamorará primero usted de su sonrisa.


Diamonólogo interior.

Le escribo porque me acordé de Engels y del momento en que la estructura de sus falanges se contrapone a la superestructura de los míos en una síntesis parasiemprible en la que los espacios entre mis dedos suelen tener sed de sus nudillos. La mejor evidencia de la dialéctica es el contraste de dos versos, por eso necesito que se acerque y rime conmigo.  No me canso de decirle que lo adoro por la misma razón que no me canso de respirar, y porque así es de constante que cada parpadeo es un intento de verlo al abrir mis ojos. Muchos temen caerse, yo no; el abismo es horizontal y está entre su piel y mi piel chinita. De tocarlo me gusta que sé dónde comienza pero no dónde termina porque esa intersección nuestra es imprecisa. Siguiendo la misma lógica, mire cómo al analizar la materia se deduce que es infinita en duración, extensión, profundidad y movimiento; seguro se acordará de ese instante en que llega la noche y es hora de que seamos como audífonos en el bolsillo y dirá: “pero ese cabrón de Marx sabía lo que decía, seguro se lo susurraba a Jenny von Westphalen y se refería sólo a las recíprocas interacciones de saliva, de lo indispensable del continuo movimiento de materia [guiño, guiño]”. Sé bien sobre la distancia, pero somos de los pocos que pueden contemplarla como lo hacía Dostoievski. Estoy en la paradoja de no saber si acercarme mucho o estar a ciertos metros de distancia, porque si estoy cerca puedo sentir cómo su aire tibio me baña, pero si estoy lejos puedo verlo completo y no perderme de sus ojitos de cielo cuando estoy pendiendo de su sonrisa. Sus ojitos de cielo. Cada que los abre es un amanecer, por eso vivo tantos días como miradas recíprocas cuando usted está conmigo. Si ve que algún día me estoy muriendo, pídale al doctor que no me tome los signos vitales, que mejor averigüe si estoy pensando en usted.